La riqueza del subsuelo cántabro, que impulsó la progresiva entrada de la región en la sociedad industrial, ha tocado a su fin.
El reciente cierre de la explotación minera de Reocín, con su siglo y medio de historia, marca el declive de una época dorada en la que la extracción de mineral fue una importante fuente de desarrollo para Cantabria. Pero el valor de los minerales, esas sustancias inorgánicas con que nos obsequia la corteza terrestre, no se mide únicamente en términos económicos, sino que trasciende su propia materia pura e inerte para adentrarse en campos más sutiles, ligados a la belleza y al arte que la naturaleza derrocha en todas sus manifestaciones. Los coleccionistas lo saben, aunque no hace falta ser un experto para asombrarse ante esas hermosas piedras que ninguna mano humana sería capaz de crear.
N°112 Julio-Septiembre 2003

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